¿Ha sido algo natural la extinción lingüística a lo largo de la historia?

La lengua hitita ha sido considerada por lingüistas y filólogos como la primera lengua indoeuropea. Fue hablada por los hititas, un pueblo que tras apoderarse de la ciudad de Hattusa y convertirla en su capital, fundaron un vasto imperio que se extendió por todos los alrededores, sometiendo al resto de pueblos y culturas. Tal fue el poder de los hititas que incluso llegaron a enfrentarse al mismísimo Ramsés II por el control de tierras sirias. Todo esto sucedió principalmente en Anatolia (gran parte de la actual Turquía), en el extremo oriental del Mediterráneo.

Tiempo después, en el extremo opuesto de esas mismas aguas y más allá, en el Océano Atlántico, un pueblo originario del norte de África orilló en las costas de las Islas Canarias, donde diseminaron una cultura diversa en virtud de la holografía de la zona, en forma de archipélago. En consecuencia, como parte de la cultura de los recién llegados, el exótico paisaje canario presenció por primera vez los sonidos del guanche, un idioma derivado y emparentado con el Bereber. Los guanches, a diferencia del pueblo hitita, jamás encumbraron imperio alguno, pues su existencia se limitó al archipélago de las Siete. Sin embargo, un mismo acontecimiento igualó ambas culturas: el destino de sus lenguas, que acabaron por figurar en el listado de idiomas extintos.

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Guerreros hititas

A lo largo de la historia de la humanidad han ido desapareciendo multitud de lenguas. Desde que el ser humano arrumbara su punto de origen en África y diera alas al despertar de la diversidad lingüística, muchos han sido los idiomas que han ido enmudeciendo y que en la actualidad solo permanecen en las distintas formas de literatura, en grabaciones o incluso en reconstrucciones teóricas, como ha sido el caso de la lengua indoeuropea. En consecuencia, es comprensible que la reiteración de este mismo hecho histórico conlleve a formularse preguntas en cuanto a su naturaleza. ¿Ha sido este fenómeno un cambio necesario e inexorable en el status quo lingüístico? ¿Ha formado parte de un proceso evolutivo como lo fue para la especie humana el bajar de los árboles y empezar a andar a dos patas? ¿Es, pues, algo connatural a las lenguas y por extensión al ser humano?

En 1859 se publicó un trabajo que revolucionó las ciencias naturales. Fue el resultado de un largo viaje intercontinental a bordo del buque H.M. Beagle. El título que recibió dicha publicación fue The origin of species (El origen de las especies), cuya autoría recayó en el naturalista Charles Darwin. En esa contribución, Darwin introdujo un planteamiento innovador para la biología de la época, fundamentada en dos ideas: el evolucionismo y la selección natural. Este hito, que desencadenó todo un movimiento, junto con el fuerte ambiente positivista de la época, influyeron formidablemente en la ciencia lingüística, que por aquel entonces acababa de dar a luz y había empezado a andar sus primeros pasos emulando clasificaciones y taxonomías del método naturalista, al comparar y emparentar lenguas de distinta procedencia.

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Charles Darwin en las Galápagos

Imbuidos de estos aires positivistas e influidos por los sorprendentes hallazgos de Darwin, los estudiosos del lenguaje del momento empezaron a concebir las lenguas como entes naturales. Así, el lingüista alemán Franz Bopp sostuvo que las lenguas eran cuerpos naturales cargados de principio de vida, idea que el biólogo convertido en lingüista August Schleicher reiteró en sus reflexiones, constatando que los idiomas además eran organismos independientes. Asimismo, Charles Lyell, fundador de la geología moderna, en Geological evidence of the antiquity of Man (Evidencias geológicas de la antiguedad del ser humano), aplicó la teoría darwinista de la selección natural a las lenguas. E, igualmente, Schleicher publicó en 1863 una carta en la que defendió que las lenguas, a la par que las especies, eran parte de un ciclo vital, puesto que estas nacían, crecían y se desarollaban para a la postre perecer, entrando a formar parte de la historia natural y no de la historia humana. Tal fue así, que el mismo Schleicher propuso una clasificación lingüística en tipos, listando las lenguas en tres categorías (aislantes, aglutinantes y flexivas) y sosteniendo -como en las especies- la existencia de una tendencia evolucionista entre ellas: las lenguas aislantes representaban el estadio primitivo y las lenguas flexivas, el estado evolucionado, es decir, los sistemas de expresión más válidos para el pensamiento refinado y elevado. Este enfoque darwinista-naturalista siguió camino durante todo el siglo XIX y supuso la instauración del darwinismo social de Herbert Spencer en el campo de las ciencias del lenguaje, lo que hizo concebir la extinción lingüística como algo natural.

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August Schleicher

Con todo, en la misma centuria también llegaron las primeras reflexiones con un componente antropológico, que se desviaron del camino marcado por esta concepción estrictamente naturalista. Ello ocurrió a partir de las aportaciones de H.J. Chavee y de su círculo de estudiosos. Chavee, otro botanista reconvertido en lingüista, defendió el hecho de que las lenguas, en oposición a lo que había predicado Schleicher, no eran entes vivos dotados de autonomía propia. Por el contrario, Chavee defendió que las lenguas existían en completa y estrecha interrelación con las comunidades que las usaban, siendo aquellas un reflejo de estas, sus verdaderas creadoras. De este modo, para Chavee y su círculo, la historia natural de las lenguas quedaba inexorablemente ligada a la historia natural de cada pueblo o comunidad.

Hoy en día es indiscutible la existencia de esta conexión entre lengua y comunidad. El destino político, económico y social de cada pueblo ha influido sobremanera en el futuro de sus lenguas. El pensamiento lingüístico del siglo XIX, debido a la exclusiva presencia del positivismo, había pasado por alto los factores externos que afectan y modulan el devenir de los sistemas lingüísticos. Si bien hoy en día se sigue hablando de nacimiento y muerte de lenguas, ecos de aquella concepción naturalista decimonónica, estas metáforas ya no se apoyan de ningún modo en tal visión, y la extinción lingüística ya no se concibe como consecuencia de procesos naturales como el evolucionismo y la selección natural. Por esta razón, se ha concluido que una lengua como la hitita no desapareció por incapacidad natural, es decir, por deficiencia de sus propiedades intrínsecas o destino vital, sino como resultado de la invasión que ejerció una confederación de guerreros griegos y de otros pueblos del Mediterráneo, denominados Los pueblos del mar. Estos extinguieron al pueblo hitita y, por consiguiente, a su lengua.

Así pues, como en el caso de los hititas, la extinción lingüística puede ser explicada por la desaparición física de sus hablantes. Las enfermedades, guerras o enfrentamientos -con o sin procesos de conquista- se han convertido a lo largo de los siglos en guadaña para las lenguas, desalmando comunidades que dejaban el mundo junto a sus modos de comunicación y expresión genuinos. Es lo que ocurrió durante los procesos de conquista en América Latina, de la mano de personajes como Hernán Cortés o Francisco Pizarro; o tras la llegada del capitán inglés James Cook a las costas australianas. También, la desaparición de hablantes ha ocurrido fruto de acontecimientos derivados de determinadas fuerzas sociales y económicas, que han dado como resultado sequías o hambrunas. Es lo que sucedió, por ejemplo, con la crisis de la patata en Irlanda en 1845, que ocasionó un millón de muertos, lo que redujo tristemente el número de hablantes de irlandés.

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Personas clamando ante la puertas de una casa durante la hambruna irlandesa de 1845

Ahora bien, no siempre el cese de una lengua ha acontecido como consecuencia de la muerte de sus hablantes. Una lengua también puede dejar de existir aun si su comunidad sobrevive. Esto es lo que se ha venido conociendo con el nombre de asimilación cultural y, tradicionalmente, es lo que ha ocurrido durante los períodos coloniales. Así fue el caso de la lengua guanche, que acabó pereciendo como consecuencia de la asimilación cultural de sus gentes, tras la toma del archipélago por parte de los Reyes Católicos, en el siglo XVI, donde el idioma bereber terminó como sustrato de la variedad de español que desde entonces se desarrollaría solitariamente en las Islas.

Con o sin  procesos de colonización, han sido varios los causantes que han activado la asimilación cultural a lo largo de la historia. En algunas ocasiones la superioridad demográfica de un grupo humano ha comportado la fagocitación de culturas con menor peso poblacional; y en otras, esta absorción se ha ejercido debido al prestigio asociado a una lengua, cuya comunidad no necesariamente fue superior en términos demográficos. Otras veces la asimilación se ha efectuado por medio de flujos migratorios, generalmente de zonas rurales a urbanas, puesto que en estas suelen activarse procesos de acomodación y homogeneización en favor de la lengua de mayor prestigo, normalmente con más presencia en las ciudades. Finalmente, la extinción de una lengua por vía asimilativa también ha acontecido con el desarrollo del transporte, que ha propiciado contactos entre culturas prestigiosas y culturas cuyas lenguas disponían de menor poder simbólico y por lo tanto han sido más débiles socialmente.

Desaparición física o aculturación. Parece claro, pues, que la extinción lingüística a lo largo de la historia nunca ha surgido de procesos naturales, sencillamente porque los idiomas no son -al menos totalmente- entidades biológicas como se pregonó en el siglo XIX. Muy al contrario, el traspaso de lenguas ha acaecido por medio del concurso de factores sociales, económicos y políticos, sus verdaderos desencadenantes. Tiene por tanto un fundamento determinista. Y esta base es la que explicaría en mayor término (no hay que olvidar los desastres naturales) tanto los procesos de desaparición históricos, con ejemplos en el guanche o el hitita, como la muerte de lenguas en la actualidad.

¿Cómo surgió el interés del ser humano por el ser humano?

Existen tres elementos fundamentales que explicarían el surgimiento del interés del ser humano por sí mismo. El primero de ellos es la curiosidad. La curiosidad es una sensación que vive el ser humano y que habita en él como parte consustancial a su especie. Es algo que lo diferencia del resto de los animales y que, en virtud de ella, lo ha ido convirtiendo a lo largo de la historia en un ser cada vez más independiente de la naturaleza, como demuestran hoy en día los avances tecnológicos como el avión o el cohete; o los científicos como las vacunas contra varias enfermedades.

En un principio, la curiosidad sirvió a los primeros seres humanos para idear todo aquello que pudiera mejorar su supervivencia, como la creación de objetos de caza, el descubrimiento del fuego, utilizar cuevas como refugios, convertir las pieles de los animales cazados en ropaje… La curiosidad, que emana de una voluntad inherente de trascendencia, de sobrepasar siempre el horizonte, impulsó la creatividad y el razonamiento del ser primitivo. Y esta voluntad de saber es la que seguiría andando camino junto a la especie, lo que la llevaría por otros senderos menos utilitarios pero que igualmente le agitarían de inquietud y de necesidad contestataria. En efecto, ya nuestros antepasados empezaron a sentir curiosidad por el mundo que les rodeó y empezaron a preguntarse qué cosa es el cielo, las estrellas, la lluvia o el calor que emanaba del fuego que iluminaba sus cuevas. Y, nuevamente, en virtud de esa curiosidad, ensayaron posibles explicaciones a tales fenómenos, lo que dio lugar a los primeros mitos o sistemas de creencias, que incluso llegarían a explicar el origen de la especie humana y el porqué de su ordenamiento social. Sin la curiosidad, el ser humano no hubiera experimentado nada de todo esto; y esta misma capacidad de trascender es la que también necesitó para empezar a preguntarse por sí mismo, para comenzar a transformar la especie en un enigma a resolver.

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Gracias a la curiosidad, el ser humano empezó a alcanzar los cielos de su autoconocimiento

Con todo, la curiosidad hubiera sido insuficiente para la especie humana sin un segundo elemento igualmente importante: la capacidad de autotrascendencia o de concienciación. Al igual que la curiosidad, este es otro rasgo que también diferencia a la especie humana del resto de animales. La capacidad de autotrascendencia es una operación netamente humana que permite tomar distancia del propio ser, de trascenderlo. Es una facultad que ya había constatado el filósofo alemán Max Scheler, discípulo de Edmund Husserl. Un chimpancé, un delfín o una paloma no pueden participar de tal operación cognoscitiva, sencillamente porque no tienen capacidad de concienciación, de darse cuenta de su propia realidad; por consiguiente, les resulta imposible autopensarse e interesarse por ellas mismas. Algunos autores, como el filósofo catalán Francesc Torralba, asocian esta capacidad a las características espirituales propias y distintivas de la especie humana, en lo que este autor denomina inteligencia espiritual. Ciertamente, ya en los antepasados primitivos debía de haber una suerte de concienciación o autotrascendencia, si nos atenemos a los múltiples testimonios de pintura rupestre en los que, además de animales, también aparecen dibujadas formas antropomórficas. Sin esa capacidad de distanciamiento, hubiera sido imposible encontrar este tipo de manifestaciones que se hallan en las cuevas prehistóricas y, por lo tanto, nunca hubiese sido posible que, con el correr del tiempo, la especie humana llegara a autopensarse, a reflexionarse a sí misma.

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En el arte rupestre, la combinación de figuras humanas y animales aparecen típicamente representadas en las escenas de caza

Por último, junto a la curiosidad y a la capacidad de autotrascendencia, todavía existe un tercer elemento que capacitó al ser humano para pensarse a sí mismo: el nacimiento de un nuevo pensamiento. Este nuevo paradigma, lejos de lo defendido por la tesis orientalista, muy posiblemente tuviera origen en la antigua Grecia, por allá el siglo VI A.C., tal y como sostuvo el antropólogo e historiador francés J.P. Vernant, dadas las condiciones políticas y sociales de la Grecia antigua, como fueron el clima de libertad, la escritura o la tendencia a la divulgación del saber. Este nuevo paradigma de pensamiento es lo que se ha venido conociendo con el nombre de filosofía. Anteriormente a la filosofía, existía un conjunto de explicaciones que interpretaban el mundo y todo lo que había en él. Estas explicaciones recibieron el nombre de mitos. Entre estas historias consideradas verdad, existían los llamados mitos antropogénicos, que trataban de explicar el origen de la especie humana y el porqué del ordenamiento social que había creado y en el que vivía. Es el caso, por ejemplo, del mito de Prometeo y Pandora, que justificaba por qué la vida del ser humano se volvió angustiosa; o el mito de las Edades, relatado por el poeta Hesíodo, cuyo sentido explicativo era también parecido. Sin embargo, estos mitos antropogénicos, si bien trataban de saciar esa curiosidad innata en la especie, no suponían todavía un interés por la especie humana en sí misma, de búsqueda y conocimiento, sino que tan solo significaban formas de interpretar el mundo conocido, del cual el ser humano indudablemente formaba parte. Fue, por tanto, con la filosofía y con el cambio de paradigma que esta postulaba lo que provocó que el ser humano empezara a ser objeto de interés y de reflexión. Tras un periodo denominado presocrático, en el que los primeros filósofos como Demócrito o Parménides pusieron la mirada en todo aquello que rodeaba a la especie, con la llegada de los nombrados -peyorativamente- sofistas, la filosofía adoptó una perspectiva más antropocéntrica, desde la cual este grupo de filósofos empezaron a preguntarse si la moral y las leyes provenían del ser humano y no del poder divino. Este nuevo enfoque seguiría camino a lo largo de todo el período clásico gracias a las reflexiones e indagaciones de otros pensadores de la época, como fueron Sócrates o Aristóteles.

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Aristóteles junto a Platón en La escuela de Atenas (1510-11), de Rafael

En definitiva, las dos facultades innatas, curiosidad y autotrascendencia, fueron condiciones sine qua non que, junto con un despertar y cambio de mirada a través del paradigma filosófico, permitieron a la especie humana tomarse a sí misma como objeto de reflexión y conocimiento; un viaje intelectual que adquiriría su máximo esplendor a finales del Medioevo, ya en el siglo XV, con el florecimiento del humanismo italiano y su consecuencia inmediata: el Renacimiento.